El encuentro con Dios en la vida cotidiana es nuestra
meta y nuestro sendero. Reconocer, nombrar, la experiencia de Dios en la
vida de muchos creyentes es como el pan de cada día de su fe, unas veces
más blando y suave como la torta y otras duro como la piedra.
Todos tenemos experiencia de Dios a nuestra manera,
pero es muy frecuente que seamos rebeldes y queramos que la experiencia
se adapte a nuestras expectativas, por lo que solemos concluir que
no estamos seguros si, en verdad, hemos tenido alguna vez la
experiencia de Dios.
Sólo cuando nos atrevemos aceptarnos y aceptar el don
de Dios como es , como nos viene, en la acción de gracias
podremos reconocer y nombre esta experiencia inefable de ser atendidos y
amados en Dios.
Dios se nos acerca en el espacio de la vida de todos los
días, en nuestras dudas, alegrías, en nuestros llantos y risas, en
nuestros encuentros y soledades.
Es en ese gesto humano y cercano: en la ternura , en
acoger el dolor, en saber esperar, sentir la indignación ante la
injusticia, buscar la
verdad para seguirla.
En definitiva en medio de nuestra nimiedades e
impotencias, en nuestros logros y felicidades está El, esperando el
sencillo y supremo gesto de confiar , esperar y permanecer en el amor,
sostenidos por ël , nada más.
¿ No sería una pena descubrir un día que toda nuestra
vida anduvimos en la palma de su la mano y que nos la hemos pasado en
un puro lamento ?
Decía Simone
Weil que para ver si alguien ha experimentado a Dios hay que fijarse en
cómo es su hablar sobre los hombres.