Confiando en Jesús, nuestro Camino, reconocemos que nos apartamos y andamos perdidos por la vida, y pedimos perdón al Padre:
- Tú, que nos llamas a trabajar con ilusión y empeño para llevar tu palabra a todas las personas. Señor, ten piedad.
- Tú, piedra angular del nuevo pueblo construido sobre la justicia y la paz, para anunciar a todos tu luz. Cristo, ten piedad.
- Tú, que en Jesús nos muestras tu Rostro porque eres un Dios cercano que siempre nos aguarda. Señor, ten piedad.
Oración: Con tu Amor, Padre, perdona todo lo que nos aparta de Ti y de los hermanos. Por Jesucristo nuestro Señor.
Llamados a vivir en la Presencia del Padre y a dejarnos guiar por Jesús, nuestro camino, rezamos ahora todos juntos, diciendo: ¡Escúchanos, Señor!
‑ Por la Iglesia, para que al hacer y proclamar la Palabra de Dios sepa transmitir ilusión a las personas, ayudándoles a descubrir su grandeza de ser hijos queridos de Dios. Oremos.
‑ Por los cristianos, para que nos demos cuenta de la dignidad que hemos recibido, y hagamos nuestra la tarea de Jesús, la tarea de la Iglesia en el mundo. Oremos.
- Por quienes, desde cualquier credo y forma de pensar, buscan sinceramente a Dios, para que encuentren en Jesús su verdadero rostro y sigan su Camino. Oremos.
- Por nuestra comunidad (parroquial), llamada a ser alivio de quienes sufren y fuerza para quienes dudan; para que, apoyados en Jesús, sirvamos a todos los necesitados. Oremos.
Oración: Escúchanos, Señor, y enséñanos a seguir tu camino para que, viviendo en la verdad, alcancemos la vida. Por Jesucristo.
BENDICIÓN FINAL
- Dios nuestro Padre, que por la Resurrección de Cristo nos ha redimido y hecho sus hijos, nos llene de alegría y nos colme de bendiciones. Amén.
- Y ya que por la redención de su Hijo hemos recibido el don de la libertad verdadera, por su bondad recibamos también la herencia eterna. Amén.
- Y pues, confesando la fe hemos resucitado con Cristo en el Bautismo, por nuestras buenas obras merezcamos también la herencia eterna. Amén.
- Y que la bendición de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre nosotros y siempre nos acompañe. Amén. Angel María Lahuerta Millas
HECHOS DE LOS APOSTOLES 6, 1‑7
En aquellos días, al crecer el número de los discípulos, los de lengua griega se quejaron contra los de lengua hebrea, diciendo que en el suministro diario no atendían a sus viudas. Los Doce convocaron al grupo de los discípulos y les dijeron: «No nos parece bien descuidar la Palabra de Dios para ocuparnos de la administración. Por tanto, hermanos, escoged a siete de vosotros, hombres de buena fama, llenos de espíritu y de sabiduría, y los encargaremos de esta tarea; nosotros nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la palabra». La propuesta les pareció bien a todos y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y de Espíritu Santo, a Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Parmenas y Nicolás, prosélito de Antioquía. Se los presentaron a los apóstoles y ellos les impusieron las manos orando. La Palabra de Dios iba cundiendo, y en Jerusalén crecía mucho el número de discípulos, incluso muchos sacerdotes aceptaban la fe.
I PEDRO 2, 4‑9
Queridos hermanos: Acercándoos al Señor, la piedra viva desechada por los hombres, pero escogida y preciosa ante Dios, también vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo. Dice la Escritura «Yo coloco en Sión una piedra angular, escogida y preciosa; el que crea en ella no quedará defraudado». Para vosotros los creyentes es de gran precio, pero para los incrédulos es «la piedra que desecharon los constructores: ésta se ha convertido en piedra angular», en piedra de tropezar y en roca de estrellarse. Y ellos tropiezan al no creer en la palabra: ése es su destino. Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa.
JUAN 14, 1‑12
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Que no tiemble vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mi. En la casa de mi Padre hay muchas estancias; si no fuera así, ¿os habría dicho que voy a prepararos sitio? Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino». Tomás le dice: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?» Jesús le responde: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto». Felipe le dice: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mi? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace sus obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. Os lo aseguro: el que cree en mí también él hará las obras que yo hago, y aún mayores. Porque yo me voy al Padre».