Síntesis del documento :
RENOVAR NUESTRAS COMUNIDADES CRISTIANAS
CARTA PASTORAL DE LOS OBISPOS DE PAMPLONA Y TUDELA,
BILBAO, SAN SEBASTIÁN Y VITORIA
CUARESMA-PASCUA, 2005

 

En los escritos del Nuevo Testamento convertirse equivale a renovarse. el apóstol Pablo, en sintonía con todo el Nuevo Testamento, nos apremia a renovarnos interiormente despojándonos del «hombre viejo» y revistiéndonos del «hombre nuevo creado a imagen de Dios para llevar una vida santa».9
En efecto, la renovación postulada por San Pablo no consiste ni en inventar ni en
restaurar ni en retocar la vida cristiana personal o comunitaria. La Iglesia está ya
inventada, aunque necesitamos creatividad, valentía y paciencia para colaborar con el
Espíritu en su renovación.. La Iglesia necesita algo más que simples retoques que dejan prácticamente intactas sus brechas y sus heridas actuales; habrá de implicarse en una renovación profunda que le conduzca a aceptar a Jesucristo como único Señor y a situarse en actitud de servicio evangélico a la comunidad humana.
 

I.– Elementos a tener en cuienta para una RADIOGRAFÍA DE NUESTRA COMUNIDAD Parroquial

1. Una mirada analítica que se dirige a :

1.1. Los creyentes motivados y comprometidos
1.2. Los cristianos practicantes
1.3. Los practicantes ocasionales
1.4. Los alejados de la vida de la comunidad (el más amplio)
Hay un grupo de bautizados cuyos vínculos con la fe y la Iglesia son más
tenues, casi inexistentes. Muchos de ellos afirman creer en Dios. Pero su rostro no tiene
trazos vigorosos. Más que creer en Dios, creen que Dios existe. Esta creencia no
tiene influencia ninguna en su diario vivir. Algunos tienen de Él una imagen nebulosa y
desdibujada, de rasgos apenas personales. «Tiene que haber Algo» es su expresión
socorrida. Otros están incluso cercanos al agnosticismo: «creo que existe, pero no estoy
muy seguro». Jesucristo es para ellos un personaje de una talla mental y moral
excepcional pero no están muy convencidos de que sea el Hijo de Dios. Del Evangelio
aprecian casi exclusivamente sus valores morales de signo humanista. El conjunto del
mensaje cristiano les parece una construcción mental tejida, a lo largo de los siglos, en
torno al recuerdo de Jesús. La oración no tiene cabida en sus vidas, salvo en momentos
muy críticos y angustiosos.
Se autocalifican cristianos y católicos. Pero estas expresiones tienen en ellos un sentido
casi exclusivamente sociológico. Son «católicos sin Iglesia, sin Cristo Salvador y sin Dios Padre».11
Han llegado a su situación actual a través de muchos caminos.
1.5 "Cristianos resentidos"
Hay cristianos que desean fervorosamente desincorporarse de la Iglesia, autoexcluirse. Y los hay, que de una manera militante, consideran su misión particular atacar, desprestigiar y trabajar para que la comunidad cristiana desaparezca o al menos quede reducida a la mínima expresión .

 

2. Una aproximación global

2.1. Signos alentadores
2.1.1. En el ámbito estricto de la Iglesia
a. Se Devuelve la Palabra al pueblo creyente es un viejo compromiso de sus pastores.
b. El número de laicos/as que se acercan a servicios de formación ofrecidos por nuestras Iglesias es notable y creciente.
c. La calidad de su celebración ha mejorado en muchos lugares. En general, las moniciones, los cantos, el ritmo, la participación, la proclamación de la Palabra, la misma preparación han ganado en dignidad y cuidado.
d. La solidaridad afectiva y efectiva con los excluidos y marginados es un signo
inequívoco de humanismo y una piedra de toque imprescindible de nuestra fe.
e. En los veinte últimos años el número de laicos implicados en tareas de colaboración
pastoral se ha multiplicado. Notamos, sin embargo con preocupación, que el relevo de las generaciones de ayer se torna cada día más difícil. La resistencia al compromiso estable es hoy común en toda la sociedad.
f. La imagen de nuestra Iglesia es «directiva y poco participativa». La realidad va
cambiando paso a paso. Casi todas nuestras parroquias tienen algún órgano colegiado en
torno a sus presbíteros: un Consejo de Pastoral o una Junta parroquial. Casi todas las
obras de los religiosos tienen también sus Consejos. El Consejo Pastoral Diocesano es
una realidad asentada. Es cierto que quedan todavía reflejos autoritarios y decisiones
tomadas en soledad. Queda un trecho para que arraigue entre nosotros una «cultura»
participativa y corresponsable.
g. La misma situación de la Iglesia, carente del respaldo de las instituciones civiles y del
«viento a favor» del ambiente, nos está ayudando a ser más humildes y menos arrogantes, más transparentes y menos opacos en la información y comunicación.
h. La intemperie religiosa que padecemos en la atmósfera cultural de nuestro tiempo ha
debilitado sin duda la fe de muchos. Los horrores de la historia de la humanidad en este
último siglo (el holocausto nazi, los «gulags» comunistas, las matanzas de Rwanda y
Sudán, República Democrática del Congo, la extensión pavorosa del SIDA así como las catástrofes naturales), golpean nuestra fe con más contundencia que muchos libros de los filósofos increyentes. Pero en muchos casos esta fe se ha purificado y ha pasado de ser simplemente heredada a ser más personal, más purificada y más trabajada.
2.1.2. En el amplio mundo religioso
a. La lucha sostenida y pacífica por una sociedad más justa, la entrega abnegada y constante a los últimos de la tierra, la dedicación de una vida entera a promover la salud, la ciencia, la dignidad de la mujer, la habitabilidad del planeta, revelan la existencia en ellos de unos «valores absolutos». Tales valores no tienen para ellos rostro divino. Pero son sagrados. Desde una mirada creyente, tras ellos está Dios.
b. Desde hace unos años es notable en varios países el número de jóvenes mayores y de adultos, apenas impregnados en su infancia por la propuesta cristiana, bien integrados en su familia, en su profesión y en su vida cívica, que se preguntan: «¿esto es todo? ¿No hay nada que dé un sentido global a mi vida y a mi muerte, al gozar y al sufrir, a las luchas, victorias y fracasos de la existencia? ¿Viviremos sólo ante nosotros mismos y ante los demás? ¿No viviremos ante Alguien?» No es desatinado aventurar qué inquietudes y preguntas semejantes anidan también, siquiera por temporadas o en momentos existenciales, en muchos de nuestros conciudadanos.
c. Los nuevos movimientos religiosos revelarían la apertura básica de los
humanos a Algo o Alguien que nos desborda.
d. Hay tres experiencias humanas que desconciertan al hombre o a la mujer no religiosos y
les pueden abrir a ese Misterio que les desborda. La primera se hace presente cuando
nos sentimos como necesitados de agradecer algo que no es puro fruto de nuestro
esfuerzo ni don de los demás y no sabemos a quién dirigir nuestro agradecimiento.
La segunda es la experiencia de la culpa. Por más que esfuerzos personales y corrientes culturales quieran acallarla ignorándola, aparece vinculada a nuestro proceder como la sombra va unida al cuerpo. La tercera es la muerte de los seres queridos. Ayuda a apreciar más algunos valores olvidados y a no afanarse tanto por otros objetivos menos valiosos.
 
2.2. Signos preocupantes
2.2.1. Una crisis religiosa global
La Religión es, a la vez, un conjunto de creencias, de normas morales, de prácticas, de símbolos, de valores, de sentimientos. El alma de todos estos elementos es la fe. Todos  ellos y la fe misma, están hoy gravemente tocados por la crisis
  • a) Crisis de creencias
    La tendencia a escoger en el «supermercado de la fe» aquellos ingredientes de mi propio plato combinado es real y creciente.
  • b) Crisis de las normas morales
    Existe un grupo notable de católicos que aceptan «tal cual» todo el mensaje moral de la Iglesia. Pero, en esta área, el desmarque con respecto a la doctrina moral propuesta por aquélla es sensiblemente mayor.
  • c) Crisis de la práctica religiosa
He aquí el aspecto más visible de la crisis. El abandono de la Eucaristía dominical por parte de muchos es palpable y cuantificable. Al tiempo que la participación litúrgica languidece, se mantienen y florecen entre nosotros algunas manifestaciones de piedad y religiosidad populares. Prenden no sólo en los católicos practicantes sino en muchos no practicantes, incluso próximos a la indiferencia. Las Cofradías parecen resurgir.
  • d) «¿Crisis de Dios?»
En los ámbitos más alejados de la fe de la Iglesia, nos encontramos con bautizados y
no bautizados sumidos en una total indiferencia religiosa.
Las encuestas detectan un 24% de nuestra juventud que se adhieren a esta respuesta: «paso
de Dios; no me interesa el tema; para mí, Dios no existe».
Los caminos por los que han llegado a esta estación en la que se han bajado del tren de
la fe son diferentes. Unos se han ido «silenciosamente» por un abandono progresivo y
nada reflexivo. Otros, más jóvenes, no han tenido apenas una conexión de alguna
consistencia con la tradición creyente. Otros, tras un tiempo de conflicto interior entre la
fe y la increencia, han llegado a la conclusión de que la fe, lejos de resolver los
problemas importantes de la vida, es un obstáculo para desenvolvernos
espontáneamente en este mundo. Bastantes se han identificado con una percepción del
cristianismo como algo extraño, caduco y reaccionario. No faltan entre ellos algunos
espíritus muy sensibles a la mediocridad, la infidelidad e incluso el escándalo de
creyentes y pastores.
«La indiferencia no constituye, como pensábamos en otros tiempos, una situación
intermedia entre el creyente y el ateo, sino la forma más radical de alejamiento de
Dios. Él ha dejado de ser problema: ni ocupa ni preocupa»
2.2.2. Un proceso de secularización interna
Las crisis antedichas manifiestan y reflejan una crisis de mayor calado que afecta en
alguna medida a creyentes y pastores: la comunidad cristiana se está secularizando
(mundanizando). Así lo declaró en su día nuestra Conferencia Episcopal: «La cuestión
principal a la que la Iglesia ha de hacer frente hoy en España no se encuentra tanto en
la sociedad o en la cultura ambiental cuanto en su propio interior; es un problema de
casa y no sólo de fuera».
          El bienestar se nos vuelve más necesario que la espiritualidad, la fe no es un  
valor a transmitir con respetuoso empeño en la familia, la Semana Santa se nos convierte en «vacaciones de primavera», los sacramentos son ante todo celebraciones familiares y nuestra fe tiene escasa incidencia en las opciones económicas y sociales que jalonan nuestra vida.
         
         Uno de los signos de nuestras carencias espirituales y evangelizadoras es la gran
         dificultad que experimentamos al transmitir la fe a las jóvenes generaciones.
La matriz de nuestras comunidades eclesiales muestra, asimismo, su déficit de vigor en una menor capacidad de engendrar asociaciones vivas que enriquezcan la vida cristiana de la comunidad y aporten oxígeno a la sociedad.
La atmósfera de la sociedad que envuelve e impregna a nuestros jóvenes está muy revuelta para que germinen vocaciones de esta naturaleza, necesarias para vigorizar la comunidad.
2.2.3. Una institución eclesial debilitada
Por una parte, el alto crédito que ella y sus responsables tenían en la sociedad ha bajado
muchos enteros. Es verdad que la voz de la Iglesia es escuchada con respeto cuando expone grandes principios morales o los aplica a situaciones como la guerra, el hambre y la miseria de continentes enteros. Es también cierto que el aprecio real de muchos ciudadanos es mayor que el aprecio reflejado en muchos Medios de Comunicación. Pero... son horas bajas las actuales para la credibilidad de la Iglesia. En los últimos años, la imagen de la Jerarquía ha sufrido un notable descenso en la escala de la valoración social.
Es cierto, con todo, que gran parte de nuestra sociedad descubre en el rostro de la
Iglesia algunos rasgos más amables: las acciones de Cáritas, el testimonio de los
misioneros, el compromiso de los religiosos a favor de los últimos (p.e., los hogares
para víctimas del SIDA). Muchos otros aspectos saludables y socialmente fructíferos
(p.e., la Escuela cristiana), no son suficientemente reconocidos.
Pero la crisis de la institución eclesial no es sólo exterior. En unos tiempos en los que se ha difuminado un tanto la neta diferencia entre creer y pertenecer, nos encontramos con la paradoja de creyentes que declaran no pertenecer a la Iglesia e increyentes que dicen pertenecer a ella.

 

II.– LAS RAÍCES DE NUESTRA ACTUAL SITUACIÓN

1. Un cambio primordialmente cultural.

Es evidente que un profundo cambio cultura que se ha producido en estos años no ha sido acompañado de una reflexión y oportunas transformaciones capaces de posibilitar una vigencia significativa de los valores de la comunidad en el contexto social.

 

2. Cambios múltiples

Nuestra intención es más modesta. Nos remitimos a señalar algunos factores que han
marcado especialmente nuestra vida creyente y eclesial.
2.1. Crisis de tradición
2.2. Crisis de instituciones
2.3. El individualismo
2.4. La tendencia nihilista de nuestra cultura
2.5. «Producir y consumir»

3. Las debilidades e infidelidades de la comunidad cristiana

La mediocridad de los cristianos, los escándalos de personas y grupos eclesiales, la
visión corta de sus pastores, la falta de valentía para renovaciones de calado serían los
principales motivos de nuestra situación actual. Habríamos convertido en rutina la
novedad transformadora del mensaje del Señor.
Nadie puede negar que la comunidad cristiana y sus miembros (pastores y fieles)
tenemos nuestra cuota de responsabilidad. El Vaticano II afirmó con vigor: «En la
génesis del ateísmo puede corresponder a los creyentes una parte no pequeña en cuanto
que... por los defectos de su vida religiosa, moral y social debe decirse que han velado,
más que revelado, el rostro de Dios y de la religión».24
3.1. El descuido de la experiencia de la fe
Enfrascados en tantas doctrinas y embarcados en tantas tareas hemos olvidado más de la
cuenta lo verdaderamente fundamental: cuidar la experiencia de la fe.
3.2. La difuminación de los contenidos nucleares de la fe
Dios Padre, Jesucristo y su Misterio Pascual, el Espíritu constructor de la Iglesia, el amor y la misericordia como valores primordiales, el seguimiento de Jesús vinculados a María, la comunidad eclesial, la esperanza, el testimonio de la fe y la dedicación a los pobres constituyen el núcleo fundamentales convicciones pueden incluso estar cuarteándose en muchos creyentes, mientras estamos ocupados en hablarles de temas periféricos o ampliar sus conocimientos teológicos..
3.3 La crisis del seguimiento
Instalados en la «cultura de la satisfacción» (Galbraith) muchos de nosotros
experimentamos especiales dificultades para enrolarnos en el seguimiento de Jesús.
3.4. El predominio de la ética sobre la fe viva
Desde siempre el hueco dejado por un déficit de experiencia creyente suele ser
rellenado con el empeño ético. No se niega la fe, pero se marginan algunos aspectos
importantes de la misma, entre ellas la contemplación y la oración.
3.5. La tendencia a la fragmentación
Cambios sociales y debilidades eclesiales favorecen la fragmentación. La cultura
postmoderna es la «cultura del fragmento».
3.6. Reacciones inadecuadas ante el impacto cultural
a) La primera consiste en confundir y suplir «la radicalidad evangélica con el
rigorismo».35
b) La segunda reacción no puede resistir el rechazo frontal que despierta la presentación
íntegra del mensaje cristiano en el entorno cultural dominante.
c) La búsqueda de condiciones sociales o legales especialmente favorables a la
comunidad cristiana.
c) La búsqueda de condiciones sociales o legales especialmente favorables a la
comunidad cristiana.

 

III.– LECTURA CREYENTE DE NUESTRA SITUACIÓN ECLESIAL

Describir una situación e identificar sus causas es necesario, pero insuficiente. Los
hechos humanos no son simplemente como los hechos físicos que se explican describiendo sus causas y enumerando sus efectos. Necesitan ser interpretados. Es preciso descubrir su significación.

 

A) ALGUNAS CLAVES DE LECTURA

1. Una prueba dolorosa
A nosotros se nos pide asumir con humildad y con paz la parte que nos
corresponde de responsabilidad y de pecado en la situación existente.
2. Un desafío colosal
Por primera vez en la historia a partir del s. IV la Iglesia católica y las demás Iglesias
cristianas viven en muchas regiones de Europa una situación de minoría cada vez más
próxima a la diáspora al estilo de las minorías judías presentes por doquiera en el
mundo gentil.
«Lo que está desapareciendo no es el cristianismo, sino una forma histórica de ser cristianos».43 Asistir y participar en su alumbramiento será nuestra tarea y nuestra dicha.
3. «Derribados, pero no abatidos»
Las amenazas y riesgos del presente pueden ser entendidas, bien como
desestabilizadoras, bien como ocasión y punto de partida de una renovación.
4. La Religión pervive
Hoy por hoy la Iglesia vive momentos de apretura. Pero –lo apuntábamos más
atrás– la Religión pervive y adquiere renovado vigor.
5. El Espíritu actúa en el mundo y guía a la Iglesia
La hiper-responsabilidad conduce a la hiper-actividad y a la impaciencia. Debajo de esta reacción subyace un déficit de nuestra fe.
6. Tiempo de conversión
Analizar a la luz de la fe la situación en nuestras Iglesias y las posiciones de nuestra
sociedad ante la Religión está reclamando de la comunidad cristiana una actitud básica:
la conversión.
B) UNA ESPIRITUALIDAD PARA NUESTRA ÉPOCA
La lectura creyente de la realidad de nuestras comunidades en medio de esta
sociedad sugiere una espiritualidad adecuada a la presente coyuntura. Vamos a
remitirnos a destacar algunos de sus rasgos.
          1. Una espiritualidad de la confianza, no del optimismo
2. Una espiritualidad de la fidelidad, no del éxito
3. Una espiritualidad de la responsabilidad, no del culpabilismo
4. Una espiritualidad de la esperanza, no de la nostalgia
5. Una espiritualidad de la paciencia, no de la prisa
6. Una espiritualidad del aprecio de lo pequeño, no de la ambición de lo grande
7. Una espiritualidad de la sintonía, no de la distancia
8. Una espiritualidad de la sanación, no de la condena
Otras claves espirituales
requeridas para renovar nuestras comunidades pueden ser :
- Explorando los signos de la presencia del Espíritu en el mundo.
- Sabedores de las dificultades y posibilidades.
- Con realismo y esperanza.
- Buscando luz y fuerza en la oración.
- Sin añoranzas del pasado.
- Conscientes de nuestras inercias.
- Apoyándonos en lo positivo que poseemos.
- Superando el individualismo.
- Evitando el pesimismo.
- Por el camino de las pequeñas experiencias.
- Compartiendo búsquedas mediante la reflexión pastoral.
- Anticipándonos a las situaciones y necesidades previsibles.
- Realizando una prospección pastoral del futuro.
- Sin dejar para mañana lo que se puede hacer hoy.
- En la esperanza activa del Reino, desde las pequeñas realidades como el grano de
mostaza y desde la cercanía y solidaridad con los últimos.
 

IV.– LAS CLAVES DE UNA VERDADERA RENOVACIÓN

Nuestras comunidades necesitan mucho más que unos ajustes o retoques periféricos.
El Señor nos está llamando a una renovación profunda. «Si alguien vive en Cristo es
una nueva criatura; lo viejo ha pasado y ha aparecido algo nuevo».64 Desde ahora nos
toca preparar «unos cielos nuevos y una nueva tierra en la que habite la justicia».65

 

1. Una fe ungida por la experiencia

1.1. Necesaria
La fe heredada es un tesoro que nunca podemos agradecer suficientemente. Hoy esta
fe necesita con mayor apremio ser interiorizada, personalizada, pasada por el corazón,
impregnada por la experiencia creyente. Los creyentes hemos de ser más testigos que
repetidores. Nosotros mismos necesitamos ser más pastores que gestores. No queremos
suplir con la organización y el esfuerzo lo que sólo puede nacer de la sintonía vital con
el Espíritu y de la adhesión sincera a la Iglesia.
1.2. Qué experiencia
Consiste en una afinidad connatural con el mundo de la fe, que sabe descubrir en la
hondura de los acontecimientos cotidianos de nuestra existencia, leídos a la luz de la
Escritura, la presencia discreta de Dios.
La experiencia de la fe es, pues, experiencia de Dios.
1.3. Iniciar y reiniciar
Iniciar es despertar a la experiencia de la fe y desde ella enriquecer sus contenidos, orientar la vida moral, familiarizar con la Palabra de Dios y con los grandes símbolos de la liturgia, cultivar el sentido comunitario, abrir la sensibilidad para servir a la sociedad.
No serán probablemente demasiados los que se decidan a someterse a un proceso
semejante. No desistamos. Llegaremos hasta donde podamos. Debe preocuparnos más la calidad del proceso que el número de participantes.
1.4. Aprender a orar
Dentro del itinerario de la iniciación, aprender a orar es decisivo para la experiencia
y práctica de la fe. L

 

2. Una fe trabajada por el seguimiento

En los tiempos que corren «sería un contrasentido contentarse con una vida
mediocre, vivida según una ética de mínimos y una religiosidad superficial».67
El Concilio Vaticano II confirmó
plenamente esta afirmación. «Todos los cristianos de cualquier estado o condición
están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección en el amor. Esta
santidad favorece también en la sociedad terrena un estilo de vida más humana.
Alcanzarán dicha perfección siguiendo las huellas de Cristo, haciéndose conformes a
su imagen y siendo obedientes en todo a la voluntad del Padre».

 

3. Una fe vivida en comunidad

3.1. ¿Colectividad o comunidad?
«Hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión»71 es un hermoso desafío
lanzado por el Papa en el inicio del nuevo milenio. El desafío es pertinente
3.2. La comunidad es necesaria para vivir la fe No se trata, sin embargo simplemente de una necesidad teológica, sino también sociológica: para vivir con integridad la vida cristiana y mantener incluso la fe católica hoy, en tiempos de intemperie, es cada vez más necesario pertenecer efectivamente a la comunidad. Se nos hadicho: «practicar la acogida sin exclusiones, vivir relaciones de proximidad, cultivar vínculos concretos de conocimiento y amor, celebrar la Eucaristía y hacerse cargo de los habitantes del lugar, sintiéndose enviados a ellos».
Un creyente necesita un clima familiar y cálido que le resulte alternativo con respecto a muchos ambientes fríos, duros y competitivos de la sociedad. Necesita alimentar su sentido de pertenencia a la comunidad, cuando tantos factores le inducen a la desafección y a la distancia. Tal vez una de las causas que más influyen en el enfriamiento religioso de muchos sea la carencia de lazos estrechos y ricos con su comunidad. Ser acogidos correcta y educadamente no les es suficiente. Quienes nos reunimos en la Eucaristía no estamos
allí por ser simplemente conciudadanos, sino por y para ser hermanos.
3.3. A imagen y semejanza de las comunidades del NT
Toda comunidad cristiana tiene bien reflejado su «código genético» en el NT, sobre
todo en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Estos son los rasgos más marcados de
las primeras comunidades. Tienen viva conciencia de que el Espíritu está presente en
ellas.73 Reunirse para escuchar y celebrar la Palabra, la Eucaristía y la oración común
entra como pieza ineludible en el programa de su vida.74 Muestran un vivo sentido de
fraternidad75 en virtud de la cual practican una generosa comunicación de sus bienes.76
Se dedican activamente a la mutua edificación.77 Entre sus miembros están abolidas las
barreras sociales y culturales.78 Están igualmente excluidas las relaciones de dominio79 y
de violencia.80 Se sienten diferentes del resto de la sociedad,81 aunque pertenecientes a
ella y servidores.82 No obstante adoptan una actitud de resistencia cuando así lo pide la
fidelidad al Evangelio.83 Su presencia causa sorpresa, admiración y agresividad.84 No
son comunidades sin pecado: subsisten la ambición, los protagonismos, las rivalidades,
los deslices sexuales.85 Pero hay en ellos una fuerza que les induce a mantener su
identidad, a vivir como comunidad alternativa y a ofrecer su testimonio a la sociedad.
3.4. Comunidades y comunidad
Hoy nos toca enraizar las comunidades cristianas en un mundo diferente con fidelidad a los orígenes y con creatividad para adaptarnos a los nuevos tiempos. La renovación de las
comunidades entraña transformación e incluso conversión. En toda comunidad habrán de tener especial relieve la conciencia viva de la presencia de Jesús en la Palabra, en la Eucaristía, en los pobres, en la misma comunidad y en el presbítero que hace presente en ella a Cristo Pastor. La oración, la celebración de los sacramentos, la comunicación de bienes y servicios, la reconciliación, la misión evangelizadora compartida y el amor servicial y crítico a la sociedad no son, en absoluto, opcionales.
Encarnar todos estos caracteres es menos difícil en una comunidad de talla humana que
en una macroparroquia o en una diócesis entera.
Pero sin la «Iglesia mayor» (diócesis, Iglesia universal) faltaría a las pequeñas comunidades el oxígeno de una ancha comunión, los testimonios de vida cristiana.
3.5. Hacia una mayor y mejor comunicación
Es una evidencia que a pesar de los esfuerzos para favorecer una más fluida y provechosa comunicación falta asumir plenamente el sentido de que comunicarse es exigencia y necesidad de comunión.

 

4. Una fe urgida a la evangelización

4.1. Nueva evangelización
«La evangelización es el ofrecimiento libre de la Buena Noticia de Jesucristo a un
medio humano que o bien no ha recibido aún el mensaje o lo ha recibido de manera
substancialmente insuficiente» (Rovira Belloso).
4.2. Los motivos del impulso evangelizador
.: «Dios quiere darse a conocer a través de nosotros, que formamos su Iglesia».87 Evangelizar es decir sí a este deseo y colaborar con Él.
4.3. Los interlocutores de hoy
Si el amor salvador de Dios se extiende a todos .Ni siquiera a ese alto porcentaje
de jóvenes y mayores que «viven perifericamente», dominados por la urgencia de la
producción y la búsqueda de la satisfacción. Tampoco a aquellos que por unas razones u
otras, se han instalado en la indiferencia total . Pero es deber nuestro concentrar preferentemente nuestro esfuerzo en aquellas personas y grupos más al alcance de las actuales energías de nuestras Iglesias. Enumerémoslos:
- Los que están en proceso de búsqueda religiosa. En algunos, la búsqueda es explícita.
Pero son mucho más numerosos que aquéllos que hoy se acercan a la Iglesia en
demanda de luz y orientación para encontrar a Dios.
- Los cristianos practicantes, ya señalados como necesitados de una reevangelización.
- Los cristianos de los nuevos movimientos eclesiales y de las pequeñas comunidades
que se esfuerzan sinceramente por vivir una existencia convertida al Evangelio.
- El núcleo vivo y motivado que colabora en nuestras comunidades parroquiales,
colegiales o realidades análogas. Deberemos cuidar exquisitamente su experiencia
cristiana completa y animar su compromiso eclesial.
- El núcleo de cristianos netos y sólidos inmersos en compromisos cívicos como la
sanidad, la escuela, la cultura, el ocio, el compromiso sindical y político. Necesitan y
desean un alimento consistente para vivir su fe y su compromiso cristiano en
espacios delicados, importantes y bastante inhóspitos para un testimonio cristiano.
4.4. Cómo evangelizar
Necesitamos tiempo para actualizar la propuesta a estos nuevos destinatarios.
Necesitamos paciencia para aguantar la oscuridad y esperar «como el centinela la
aurora», que nazca el alba, pero con una espera activa y buscadora.
En un «estado de misión» como el nuestro necesitamos favorecer : presencia en todos los ambientes; diálogo con los interlocutores; colaboración en toda causa justa y noble; testimonio cristiano de vida; anuncio explícito de Jesucristo.
La nueva expresión reclama algo más que poner al día nuestro vocabulario: es anunciar la Buena Nueva en un lenguaje que exprese al mismo tiempo nuestra experiencia de Dios y
nuestra sintonía sincera, aunque crítica, con el mundo presente.
4.5. Con los pobres al fondo
El mundo moderno se desentiende en gran medida de los pobres. La Iglesia no
puede caer en este tremendo olvido. Nuestra misión evangelizadora nos empuja a
despertar y alimentar una saludable «mala conciencia» en la sociedad y en las mismas
comunidades cristianas.

 

V.– APUNTES PARA CONCRETAR NUESTRAS OPCIONES

1. Un estilo pastoral renovado

Preparar el futuro desde la situación presente entraña la necesidad de renovar
nuestro estilo pastoral, que está llamado a ser más espiritual, más comunitario, más
evangelizador, más corresponsable, más personalizado y más centrado en la formación
del núcleo pastoral de nuestras comunidades.
1.1. Más espiritual
Un estilo más espiritual comporta, al menos, estos requisitos. En primer lugar, la
convicción humilde y confiada de que «sólo Dios salva». Nosotros somos sólo
servidores. «Hemos hecho únicamente lo que teníamos que hacer».9
1.2. Más evangelizador
Un estilo más evangelizador nos es reclamado hoy por la situación de fe de muchos
bautizados, que pertenecen estrictamente al grupo de los que apenas han recibido la
Buena Noticia o la han recibido de manera substancialmente insuficiente. No resulta,
pues, correcto ni provechoso distinguir las actividades pastorales de la vida ordinaria de
las tareas propiamente evangelizadoras. Las mismas actividades (desde una entrevista
con los novios hasta una homilía), pueden realizarse en clave evangelizadora o en clave
de pastoral de conservación. Lo decisivo es la clave. En el primer caso, reconocemos
prácticamente que los interlocutores necesitan profundizar en su conversión a la fe. En
el segundo, lo damos por supuesta..., o quizá por imposible. Siendo la clave lo decisivo,
es preciso añadir que una comunidad que no introdujera en su proyecto pastoral algunas
iniciativas destinadas a los más lejanos de la fe, mostraría una carencia de creatividad y
de vigor. La fuerza expansiva de la fe es signo de su vitalidad.
1.3. Más comunitario
Un estilo más comunitario postularía hoy de nosotros, entre otras muchas
condiciones, una mayor atención a la diversidad de dones y carismas que el Espíritu
siembra en la comunidad para el ejercicio de los distintos servicios y ministerios.
Así lo aconseja el Papa en Novo millennio ineunte, n. 46. Ya Christifideles laici, n. 23 decía: «Los pastores han de reconocer y promover los ministerios, oficios y funciones de los fieles laicos, que tienen su fundamento sacramental en el Bautismo y la Confirmación y, para muchos de ellos, además en el matrimonio».
Resulta pertinente recordar aquí los caracteres de un verdadero ministerio laical. Son
servicios que cubren áreas importantes de la vida de la Iglesia (la catequesis, la pastoral
familiar o sanitaria, la acción socio-caritativa, etc). Reclaman una dedicación estable y
un nivel notable de responsabilidad asumida. Requieren un reconocimiento por parte de
la Iglesia. Es muy coherente que tal reconocimiento se dé públicamente ante la
comunidad en una celebración.
«En la Iglesia, que es el cuerpo de Cristo, cada uno ejercemos distintas funciones. Uno centra todo su interés en el estudio de la sabiduría de Dios y la doctrina de la palabra, perseverando día y noche en la meditación de la ley divina: es el ojo del cuerpo. Otro se ocupa del servicio a los hermanos y a los indigentes: es la mano de este santo cuerpo. Otro es ávido oyente de la Palabra de Dios: es el oído del cuerpo. Otro se muestra incansable en visitar a los postrados en cama, en buscar a los atribulados y en sacar de apuros a quien se encuentra en alguna necesidad: podemos indudablemente llamarle pie del cuerpo de la Iglesia» (Orígenes).
1.4. Más corresponsable
Esta orientación básica entraña consecuencias pastorales importantes. Nos está pidiendo
que los colaboradores se conviertan en corresponsables. Un mero colaborador participa
sólo en la ejecución de los proyectos. Un miembro corresponsable participa en la
gestación, madura la decisión y colabora en la realización de lo proyectado.
Precisamente por ello se siente solidario a la hora de hacerse cargo de los resultados del
proyecto realizado y no declina su responsabilidad personal sobre los hombros de los
coordinadores. Animado por este espíritu, Novo millennio ineunte, n. 40 nos convoca a
«una acción misionera que no podrá ser delegada sobre unos pocos "especialistas"
sino que ha de acabar implicando la responsabilidad de todos los miembros del Pueblo
de Dios».
1.5. Más personalizado
La psicología del hombre y la mujer contemporáneos y las especiales circunstancias
de la evangelización nos conducen a imprimir a nuestra acción pastoral un fuerte sello
de atención a cada una de las personas.
Por supuesto son necesarias las prestaciones pastorales colectivas; pero al menos para un número notable no son suficientes. Los que están en búsqueda, la pareja de novios, los
matrimonios, cualquier creyente al que queremos invitar a que asuma un compromiso,
requieren atención individualizada. No son tiempos de cosechas abundantes. Hoy
«sumamos de uno en uno».
1.6. Cuidar a los evangelizadores
La calidad espiritual y apostólica del núcleo evangelizador de nuestras comunidades es decisiva. Esta calidad requiere servicios de formación, de espiritualidad, de talante comunitario, de destrezas necesarias para la pastoral que realizan. Requiere además un
acompañamiento individualizado. Requiere asimismo interesarnos por su situación
personal, tener el detalle de mostrarles que apreciamos su trabajo, expresarles nuestra
confianza comunicándonos con familiaridad.
Bastantes colaboradores leales se han «quemado» al comprobar que sólo son
colaboradores y que sus propuestas o iniciativas son descartadas autoritaria e
indelicadamente. Otros se han «deshidratado» porque no les hemos ofrecido el agua de
la espiritualidad, de la formación, del seguimiento personal. Algunos se han
desencantado porque, al no percibir en nosotros signos de interés real por sus personas,
han llegado a la conclusión de que también la Iglesia valora a las personas solo en
función de su utilidad.
 
 
2.1. El servicio a la Palabra de Dios
La atracción hacia la Palabra de Dios, suscitada por el Espíritu Santo, está reclamando y
generando en nuestras Iglesias numerosos grupos de lectura creyente de la Biblia. Es
visible el fruto espiritual que estos grupos reciben.
«Cuando tenemos un por qué y un para qué, soportamos mejor el cómo» (V. Frankl).
proselitismo.
Una gran mayoría de nuestros niños, que viven en un ambiente familiar y escolar
próximo al paganismo, reciben de la mano de los catequistas la primera evangelización.
Este trabajo ímprobo se desenvuelve entre muchas dificultades que ponen a prueba la
abnegación de los catequistas. La catequesis familiar bien conducida y orientada parece
resultar una motivación añadida para los niños y una delicada y fructífera interpelación
a la fe adormecida y descuidada de los padres.
2.2. La Celebración
El servicio de la Palabra de Dios y la acción caritativa convergen en la celebración
litúrgica, sobre todo en la Eucaristía. En ella se proclama la palabra y se motiva el
compromiso. El Concilio lo ha dicho con una frase densa y feliz: «La liturgia es la
cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde
mana toda su fuerza».98 La celebración dominical de la Eucaristía es el encuentro
privilegiado en el que la comunidad cristiana accede a esta fuente y a esta cumbre.
«No podemos subsistir sin el domingo». «Entre las numerosas actividades que desarrolla una parroquia, ninguna es tan vital y formativa para la comunidad como la celebración dominical del día del Señor y de su Eucaristía».99
El domingo es para los cristianos «día del Señor, día de la Iglesia y día del hombre».
Preparemos esmeradamente la Eucaristía dominical.
2.3. La acción caritativa y social
Existe un vínculo indisoluble entre la celebración y el servicio, puesto que el Dios
Salvador que viene a nosotros en Jesucristo se ha identificado él mismo con los pobres y
pequeños.101 El reto de las comunidades consiste en no separar la oración y la caridad; la
meditación del Evangelio y la participación en las causas humanizadoras; la práctica
sacramental y el servicio a los pobres.

 

3. Remodelar algunas estructuras pastorales

Una renovación que se limitara a mejorar los proyectos pastorales y a afinar las actitudes espirituales y apostólicas de las personas y grupos creyentes, sería un paso real, pero no suficiente. La renovación necesita encarnarse también en las estructuras. Proyectos y actitudes están reclamando nuevas formas de organización. Si no las alumbráramos estaríamos creando sufrimiento y parálisis.
3.1. La Parroquia
Inscrita en una porción de la sociedad, es figura privilegiada de la cercanía de la
Diócesis y de la Iglesia a los creyentes e increyentes de esta porción. Es «la Iglesia
misma que vive en medio de las casas de sus hijos e hijas». Esta misma cercanía la
hace muy apta para acoger cordialmente y favorecer, sin excluir a nadie, relaciones de
familiaridad y proximidad entre sus miembros, al menos entre los más vinculados.
Tiene las antenas levantadas para registrar lo que sucede en su entorno, para detectar las
necesidades y sufrimientos de la gente y para establecer diálogo y colaboración con
grupos e iniciativas cívicas próximas a ella. Si antes el territorio vivía a la sombra del
campanario, hoy la parroquia se siente urgida a situarse en los diversos «territorios» de
la vida de las personas. Si no existieran las parroquias y centros eclesiales análogos, la
Diócesis, su vida religiosa, sería inmensamente más pobre.
Pero la parroquia es hoy tan necesaria como insuficiente. Se ha acabado el tiempo de la
parroquia auto-suficiente. Las parroquias, incluso las más nutridas, no son hoy capaces
de ofrecer por sí solas toda la variedad de servicios y estímulos para nutrir la fe y la
eclesialidad de los practicantes, alimentar su compromiso cívico y alumbrar iniciativas
misioneras. Por la movilidad característica del actual modo de vivir, los límites
parroquiales se desdibujan. Este fenómeno hace más necesaria la acción concertada de
las parroquias. La autarquía parroquial es no sólo un fenómeno que contradice a la
comunión corresponsable de las parroquias entre sí, sino que compromete su eficacia
pastoral.
La evangelización requiere una auténtica articulación de parroquias y centros análogos
que vaya más allá de una buena vecindad y de puntuales ayudas mutuas. Tal
articulación no pretende laminar las parroquias ni los centros no parroquiales, sino
potenciarlos al hacerlos converger. Complementándose mutuamente responden a su
naturaleza y a su misión mucho mejor que pretendiendo ser autosuficientes. Siempre
quedará al cargo de la parroquia originaria al menos un núcleo de tareas básicas: la
catequesis infantil, la celebración de la Eucaristía, de los demás sacramentos y de las
exequias, la relación con los enfermos y los ancianos, las responsabilidades en el decoro
del templo y las dependencias pastorales, el contacto con las familias, las devociones
específicas.
3.2. Las Unidades Pastorales o supraparroquiales
Unidades Pastorales supraparroquiales que articulen entre sí en una unidad mayor varias parroquias, centros eclesiales de pastoral, colegios, obras de religiosos y asociaciones apostólicas.
Una Unidad Pastoral no es un simple conglomerado de parroquias yuxtapuestas a las
que hoy atienden pastoralmente uno o dos presbíteros porque la penuria de los
sacerdotes así lo requiere. Es un conjunto articulado de parroquias y otros centros
eclesiales que se integran entre sí para complementarse y realizar unidas lo que no
pueden realizar por separado. Y para hacerlo con un estilo nuevo: espiritual,
comunitario, evangelizador, corresponsable, personalizado, preocupado de la
preparación de los evangelizadores. Tiene un territorio definido, un presbítero
coordinador, un equipo pastoral, un proyecto.
Las Unidades Pastorales no suplantan a los Arciprestazgos, que siguen cumpliendo las
funciones que les asigna la legislación de la Iglesia (cfr. can. 533 ss.). Tales funciones
no llegan hoy a cubrir las insuficiencias de las parroquias ni a optimizar la eficacia
pastoral que pueda extraer de ellas una organización menos extensa y más cercana,
como la Unidad Pastoral.
Las Unidades Pastorales reclaman una adaptación flexible tanto a los responsables
pastorales de las parroquias y de otros centros como a los feligreses. A estos les resulta
laborioso apearse de su fuerte sentimiento de pertenencia exclusiva a «su parroquia»,
asumir también la movilidad a la que les obligan en ocasiones los cambios introducidos
y pasar de su condición de simples destinatarios de los ministerios pastorales a activos
colaboradores. Algunos presbíteros desconfían de la suerte futura de estas nuevas
estructuras. A algunos otros les cuesta compartir con otros la responsabilidad de «su»
parroquia, entrar en la disciplina de un equipo. Son resistencias comprensibles y
superables.
3.3. El equipo pastoral o ministerial
Es pieza clave en la estructura y el funcionamiento de la Unidad Pastoral. El obispo
transmite a un grupo de creyentes presididos por un presbítero el encargo de ofrecer a
toda la Unidad Pastoral los servicios necesarios para su vida y misión. El equipo se
compone de presbíteros, laicos y religiosos que asumen, según su condición y sus
carismas, diversos ministerios para construir la comunidad e impulsar la misión. Está
presidido por un presbítero, habilitado por el sacramento del Orden para representar a
Cristo Pastor y, por tanto, para ser coordinador de los servicios de la Palabra, el Culto y
la Caridad.
Los miembros del Equipo no son sólo ni primariamente un equipo de trabajo, sino, en
alguna forma real, una pequeña comunidad. Puesto que no es un simple grupo de trabajo, una de las finalidades del equipo es el crecimiento integral (humano, espiritual,
ministerial) de todos. Quien comparte sólo tarea acabará «quemándose» o, al menos,
desalentándose.
Como tal grupo comunitario, el equipo se reúne periódicamente en torno al Señor para
orar. Celebra encuentros de programación y de evaluación de su trabajo y del de sus
colaboradores. Comparte la fiesta y el dolor, los logros y los fracasos en el trabajo
común. Cada uno de sus miembros es corresponsable de la totalidad, aunque tenga su
área precisa de responsabilidad propia.
Las relaciones mutuas entre los miembros del equipo son un factor muy relevante. Aquí
suele residir con frecuencia el vigor y la cohesión o el caballo de batalla de los equipos
pastorales. Son muy importantes la libertad de comunicación y la manera de afrontar y
gestionar los ineludibles conflictos.
La misión del presbítero coordinador es capital. A él corresponde especialmente ser el
eje de la comunión y procurar que todos sean reconocidos y se sientan miembros
apreciados y valorados en el equipo. Lejos de realizar un seguimiento minucioso de las
tareas encomendadas a cada uno de los componentes del equipo, ha de saber confiar en
ellos, sin dejarse llevar por un movimiento espontáneo de responsabilidad desmedida
que pretende tenerlo «todo bajo control». Las funciones asumidas por los miembros del
equipo no deben tampoco confinarle en los trabajos de coordinación ni separarlo del
trato directo con los feligreses y sus problemas. El consejo personal y el cultivo de
nuevas vocaciones para diversos ministerios (sin olvidar las vocaciones al presbiterado
y a la vida consagrada) han de ocupar una parte notable de su tiempo y de su corazón de
pastor.
3.4. Impulsar asociaciones y movimientos laicales
Hoy muchas de nuestras parroquias y unidades pastorales no son capaces de ofrecer de
una manera completa la formación que necesita un cristiano para actuar apostólicamente
en su ambiente profesional o cívico, ni pueden tampoco acompañar suficientemente a
quienes viven un compromiso de fe encarnado en la acción transformadora de la
sociedad. Hacen falta asociaciones, movimientos, que de una manera estable y bien
organizada ofrezcan la ayuda necesaria para el crecimiento de los hombres y mujeres
laicos en el área personal, familiar, profesional y social de su vocación cristiana.
«En ellas han de encontrar los cristianos espacios de acogida y libertad para
poder nutrir su fe, ganar en profundidad y coherencia en el seguimiento de Jesús,
contrastar su praxis a la luz del Evangelio, crecer en espíritu comunitario y renovar su
servicio a la misión evangelizadora, alentar con especial interés la presencia y el
compromiso de sus miembros en la vida social para contribuir a la construcción de una
sociedad mas justa y solidaria, en definitiva, más conforme con el reino de Dios».104 Las
diversas formas de apostolado asociado y organizado constituyen una expresión y un
testimonio de primer orden de la experiencia comunitaria de fe y de su dimensión
evangelizadora. La multiplicación de iniciativas de apostolado laical de diverso signo es
un regalo del Espíritu a las Iglesias particulares, para un mejor servicio a la
evangelización.
Las asociaciones y movimientos laicales han de cuidar no sólo su inserción viva en la
sociedad, sino también la calidad de sus vínculos eclesiales. La relación fraterna y la
colaboración entre las asociaciones es un postulado elemental, no siempre fácil. El
arraigo en la diócesis en la que están implantadas ha de ser cordial y confiado. Adaptar
sus programas al Proyecto de pastoral la Iglesia local y participar activamente en los
Encuentros diocesanos son dos señales muy valiosas de eclesialidad.
3.5. Reavivar y reinsertar los carismas de la vida religiosa
También la vida religiosa se siente hoy interpelada.