Comunidad Cristiana
Santa Cruz
Puerto La Cruz , Anzoátegui
Venezuela
luis

03.01.2012 05:05 AM Otras voces
Helmut Schatte Vera
Desde Puerto La Cruz.- No es novedad que se use el nombre de Dios para justificar la parranda y la inmoralidad.
En la mal llamada Semana Santa se conmemora la pasión y muerte de Jesucristo. La verdad es que nunca he visto que una familia normal conmemore la muerte de alguno de sus miembros con parrillas, paseos a la playa y mucha pero mucha “caña”
En nuestra región sucede lo mismo con la celebración de la Virgen del Valle, supuesta festividad religiosa que nos confirma la presencia colectiva del fariseísmo: discurso distinto del ejemplo de vida.
El premio mayor se lo lleva el fin de año: para Navidad conmemoramos el nacimiento de Jesús, primer cumpleaños en que el cumpleañero ni siquiera es invitado, sólo figura como a quien debe pedirse regalos y es reemplazado en atención por un gordo barrigón que supuestamente vive en el Polo Norte, viaja vestido de rojo en un trineo que “vuela impulsado por todo un equipo de renos” y entrega regalos entrando en nuestras casas por la “chimenea ”.
Son muy pocos los que en arranque de honestidad confiesan no creer en Dios, pero aun así, a la hora de una emergencia no dejan de exclamar un “¡Dios mío!”. Todo nos conduce a concluir que vivimos en un mundo falso y pragmático, movido sólo por el interés personal que ordena “haz lo que te convenga, haz lo que te procure placer y agrado.
¿Para qué molestarse por el vecino? ¿Por qué dejar de hacer negocios sucios si nadie lo va a saber? Usamos la creencia en el Dios Creador como una joya para llevar en el pecho, o como un título universitario de una profesión que nunca hemos ejercido, pero que colgamos de la pared para que nos llamen doctor o licenciado.
Para colmo de los colmos, hay quienes se dicen cristianos y guían su vida por el horóscopo y el tarot y en esta época del año corren a buscar “lo que les depara el destino” en el nuevo año, preparándose para comer 12 uvas con las 12 campanadas de la medianoche o a salir en ridícula carrera a dar vueltas por la calle cargando unas maletas que aseguren un año de viajes placenteros, sin olvidar las cucharadas de lentejas o el uso de ropa interior de color amarillo para traer suerte.
Decimos creer en un Padre del cielo, pero ignoramos a Él y a su Hijo, y no sólo eso: recurrimos a supercherías y hasta prácticas de hechiceros y adivinos. Por desgracia, son muchos los que se hacen llamar cristianos y ni siquiera conocen los estatutos llamados a respetar por todo cristiano.
Sea evangélico, católico, ortodoxo, anglicano o luterano, esos estatutos están contenidos en los 66 libros que conforman la Biblia. No conocerlos equivale a hacerse llamar médico y nunca haber estudiado anatomía.
Los hombres somos una paradoja. En vez de recurrir al Dios perfecto, creador de lo visible y lo invisible, recurrimos a hombres imperfectos, mentirosos, egoístas y hasta ladrones: “No os volváis a los encantadores ni a los adivinos; no los consultéis, contaminándoos con ellos. Yo, Jehová, vuestro Dios” (Levítico 19:31). “Yo Jehová , que lo hago todo, que extiendo solo los cielos, que extiendo la Tierra por mí mismo, que deshago las señales de los adivinos, y enloquezco a los agoreros, que hago volver atrás a los sabios y desvanezco su sabiduría” ( Isaías 44: 24-25).
Porque es imposible que los que una vez fueron iluminados y gustaron del don celestial, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, y asimismo gustaron de la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero, y recayeron, sean otra vez renovados para arrepentimiento, crucificando para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndolo al vituperio” (Hebreos 6: 4-6).
Jesucristo murió en la cruz pagando por nuestros pecados. Toda vez que desobedecemos al Padre lo crucificamos otra vez.


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